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Publicado 26 marzo, 2020 Proveyéndo Felix Lora en ARTICULOS
 
 

La frontera en la pantalla dominicana, a propósito de “Malpaso”

La estética elegida por Héctor Valdez es contarla en blanco y negro, como una forma de imprecisar los contornos y realidad de esa misma frontera, casi inexistente entre República Dominicana y Haití. Foto: Bou Group.

SANTO DOMINGO. – La frontera entre República Dominicana y Haití ha sido poco analizada y explorada por la cinematografía local. Una línea desdibujada que no se ha llegado a comprender en su totalidad y lo que ella ha significado históricamente.

Aunque algunos filmes dominicanos la han tocado tangencialmente como parte circunstancial dentro de la trama, pero no llega a tener un peso específico en la motivación argumental ni en la relación que posee con los personajes.

Varios ejemplos se pueden verificar en películas como “Jugada Final” (Radel Villalona y José Romay, 1997), reformulación fílmica de “Para Vivir o Morir” (Radel Villalona 1996) en la que, en su segunda versión, el periodista Carlos Ortiz (José Antonio Rodríguez), después de ser liberado, huye por la frontera domínico-haitiana a través del mercado binacional, cuyo escape también se hace incierto.

“Perico ripiao” (Ángel Muñiz, 2003) hace una crítica de los abusos, las componendas y los negocios ilegales que se hacen en la frontera en la que el General Contreras (Giovanny Cruz) mantiene vínculos de acciones turbias con funcionarios haitianos corruptos con el trasiego de presos para hacer ciertos trabajos que luego lo desaparecen.

Al igual que este filme, “La isla rota” (Félix Germán, 2019), en su contexto de película de época, trata de comprender lo vivido en la frontera con el llamado “el corte” de octubre de 1937, cuando Trujillo ordenó a sus tropas la erradicación masiva de la población de origen haitiano. Germán intenta desarrollar un discurso de entendimiento sobre las consecuencias que este hecho produjo en las relaciones entre ambos países y la opacidad histórica de lo que la frontera ha significado.

José María Cabral también se aproxima a la frontera cuando coloca al personaje de Eliseo Layo (Félix Germán), un itinerante de la magia del cine, en el filme “El proyeccionista” (2019), surcar los rincones del país y descubrir la importancia del arte cinematográfico al mostrar su oferta en un puente que divide Haití y República Dominicana como una metáfora de lo que este arte puede hacer en la creación de un vínculo de unidad y hermandad entre ambos pueblos.

Otro filme exploratorio de esta línea divisoria está en “La Gunguna” (Ernesto Alemany, 2015), una historia circular que empieza en la frontera y termina en ella. La historia de esa pequeña pistola, augurio de malas noticias, en la que una de sus víctimas es un guardia experto en billar, pero también de todo tipo de tráfico ilegal que se dan en los contornos fronterizos.

Entonces, “Malpaso” (Héctor Valdez, 2020) viene a introducirse en este particular catálogo, siendo un filme cuyo relato tiene un peso más específico pues vive y muere en el mismo lugar de su origen: la frontera.

Contado como una fábula social de abandono, marginalidad y búsqueda de identidad, este filme relata la historia de Cándido y Braulio dos hermanos quienes son criados por su abuelo en las afueras del mercado fronterizo de Jimaní.

La venta de carbón (producto natural que ayuda al sustento de miles de familias en la frontera) les permite sobrevivir entre estas carencias. Braulio es el que ayuda a su abuelo a vender carbón en el mercado, mientras que Cándido, debido a su albinismo, permanece recluido haciendo las tareas de la casa.

Cuando su abuelo fallece, Braulio tiene que enfrentarse a la supervivencia de ambos y esto conlleva a tomar los riesgos que luego lo retan a un destino incierto y peligroso. De esta manera ellos afrontan a los carroñeros que se insertan en este tejido fronterizo cargado de proxenetas, traficantes, delincuentes y hasta adivinas.

La estética elegida por Héctor Valdez es contarla en blanco y negro, como una forma de imprecisar los contornos y realidad de esa misma frontera, casi inexistente entre República Dominicana y Haití.

La fotografía de Juan Carlos Gómez se hace imprescindible al articular un discurso social de carencia y una visual que vaya en consonancia con la calidad dramática del contexto geográfico en que se mueven sus personajes, donde la piel del mulato se convierte en un ente natural en contraste con el resplandor de la piel albina de Cándido.

Y es Cándido quien representa, quizás, la idea de la incomprensión, la negación a la propia identidad donde no es ni blanco ni negro, más bien un injerto fantástico, un símbolo de la propia naturaleza que obliga a la revaloración de los orígenes que se han fraguado a través de esa frontera.

Por eso la piel, el color, la marginalidad y la violencia se convierten en planos dramáticos que se conjugan en un tejido narrativo que le confiere a este filme un lugar importante dentro del progreso de la cinematografía local por su escudriñamiento temático hacia un tópico que pudiera seguirse desarrollando y aportando nuevos análisis.
Félix Manuel Lora/CINEMA DOMINICANO