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Felix Manuel Lora
Crítico de Cine |
La eternidad sólo está reservada a los que se atreven a romper esquemas y a demostrar que el talento tiene una valía sustancial en todas las cosas que hacemos.
Después de una semana enlutada por la muerte de un talento indiscutible para la música popular norteamericana como lo fue Michael Joseph Jackson, me cuesta creer que no seguiré disfrutando de su música, de su baile y de su enorme talento para las cosas que se proponía.
Ese niño que acompañaba a sus hermanos en el grupo “Jackson Five”, que nunca dejó de serlo a pesar de la presión mediática, de los paparazzi, de los cotilleos malsanos que envolvieron toda su vida, quería vivir una vida que nunca le permitieron.
Ese niño nacido en Indiana un 29 de agosto de 1958, quiso proyectar su talento a un mundo complejo que no perdona excentricidades, desvaríos o traumas infantiles.
Ese adulto que nunca quiso serlo construyó su propio paraíso llamado Nerverland, al igual que su querido Peter Pan, como una manera de alejarse de todo lo que implicaba enfrentar a la realidad, a esa verdad que le transformó el rostro a una mera careta a imagen y semejanza de sus propias frustraciones.
Jackson buscó afanosamente alejarse de lo que paradójicamente lo había apoyado en su carrera: la prensa. Ese medio creador y destructor de mitos, que se sirve de la vida de los demás para venderla al mejor postor.
En la música encontró un refugio ideal para verter sus ambiciones y logró lo que ningún artista había podido hacer en la música y en un nuevo soporte que se posicionaba dentro de la industria televisiva como el videoclip, el cual a partir de su entrada, le ofreció un nuevo concepto como estructura fílmica y mercadológica.
Pero su corazón de niño no aguantó más, hinchado de pastillas, medicinas, deudas y estrés, decidió nunca volver a despertar para irse a una tierra soñada donde pudiera seguir bailando y escribir canciones.
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