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Publicado 16 mayo, 2017 Proveyéndo Felix Lora en ARTICULOS
 
 

“Carpinteros”, en la distancia

Ese lenguaje de seña llamado “carpinteo” es lo que mejor funciona en el filme cuando esa cámara se aleja de ellos mismos y pone distancia entre los tres personajes involucrados. Foto: Tabula Rasa Films

SANTO DOMINGO.- Dentro del contexto del cinema local ya se puede destacar un subgénero que empieza a gravitar como un especial eje temático y es el drama carcelario.

Iniciado con la propuesta de José Enrique Pintor en “La cárcel de La Victoria: el cuarto hombre” (2004), luego con Fernando Báez en “El rey de Najayo” (2012) y ahora José María Cabral con “Carpinteros”, estos filmes tienen en común su orientación a mostrar el contexto carcelario con sus vicios y sus personajes que allí habitan, respondiendo también a una necesidad dramática de explorar este particular universo.

Las otras experiencias de José María Cabral con “Arrobá” (2013), “Despertar” (2014) o “Detective Willy” (2015) le han ayudado a entender, cada vez más, un oficio tan complejo como cualquier otro arte.

“Carpinteros” es la apuesta que persigue mostrar a un José María más centrado en contar historias que puedan resultar atractivas para un cierto nivel de espectador dominicano, un público que coexiste entre las grandes masas, aunque en menor proporción.

Su historia mezcla el drama carcelario con un triángulo amoroso que viene a convertirse en su pivote, intuyendo que la garantía de esta situación mantenga a flote todo el andamiaje de la película.

En un último lugar imaginable como es la cárcel de Najayo de la República Dominicana, existe un romance entre Julián y una interna de nombre Yanelly. Pero este debe ser desarrollado a través del lenguaje de señas y sin el conocimiento de decenas de guardias, pues es la única manera de que el amor pueda sobrevivir.

Frente a este reto entre Julián y Yanelly, un personaje de nombre Manaury se opondrá a que esto fragüe puesto que él siempre reclamará lo que, según él, por derecho le pertenece.

Hasta ahí José María recurre al principio básico de la tragedia, al amor no realizable por ciertos obstáculos interpuestos en el camino. Aunque luego sucumbe a los mismos rigores que le impondrá el universo carcelario.

Esto hace que el contexto se estructure basado en este principio, aderezado por la inclusión de unos cuantos personajes, entre reos, agentes carcelarios y actores que interactúan de un modo combinado para otorgarle cierto valor real a la historia.

No obstante, el único descubrimiento temático que posee el filme es la manera particular de comunicación que se produce entre los hombres y mujeres a través de los pabellones contiguos que los separan.

Ese lenguaje de seña llamado “carpinteo” es lo que mejor funciona en el filme cuando esa cámara se aleja de ellos mismos y pone distancia entre los tres personajes involucrados y deja que esta comunicación no verbal fluya de manera natural y efectiva.

Pero su debilidad es cuando la cámara penetra en la propia calamidad de los personajes convirtiéndola en un filme común, sólo salvado por la naturalidad de algunos agentes y reos.  Es en esta aproximación cuando los personajes se muestran poco capaces de empujar las condiciones del drama hasta niveles críticos, sin poder lograr en su totalidad esos picos dramáticos que le podían ayudar a cohesionar sus respectivos perfiles psicológicos.

También es aquí que la película podía haber afianzado sus dotes estilísticos, apuesta realizada por la dirección cinematográfica de Hernán Herrera, el cual intuyo, tuvo que trabajar con los recursos que la misma composición de la cárcel ofrecía.

Su primera parte es lo más funcional, pues se verifica un sentido de dirección que empuja el filme hacia áreas que luego explorará. Pero es en su tercera parte que el filme decae, pues cuando el personaje de Julián es trasladado a la cárcel de La Victoria, es como si el filme volviera a iniciar y desechara casi todo lo anterior.

Puedo entender que las intenciones de José María era preparar un nuevo contexto, aunque en el mismo nivel carcelario, para su clímax dramático y resolución del conflicto que ya había dejado planteado.

En las personificaciones el trabajo de Ramón Emilio Candelario como Manaury posee un perfil robusto para el filme, pero se desdibuja cuando empieza la reiteración de sus propios diálogos, un fallo que siempre ha tenido José María en sus películas.

Jean Jean es una silueta que se mueve por todo el contorno siendo más efectivo en la distancia y Judith Rodríguez, al igual que Jean Jean, posee su mayor soltura cuando expresa todo su sentimiento a través del ´carpinteo´.

Elogio el trabajo de Freddy Arturo Ginebra en la musicalización, la que no satura el filme y le proporciona los toques esenciales en los momentos justos, donde su partitura convive armoniosamente con la música incidental presente en el filme.

Manifiesto que el gran logro de este filme es haber encontrado un tema, una propuesta que servirá para estudiar lo que en el cine dominicano se debe seguir trabajando, más todavía hay ciertas distancias, aunque cada vez menor, de alcanzar un nivel de identidad social y fílmica en las producciones criollas.
Félix Manuel Lora/CINEMA DOMINICANO