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Publicado 10 junio, 2016 Proveyéndo Felix Lora en ARTICULOS
 
 

“La familia Reyna”, el hijo que regresa

Cuquin Victoria y Adalgisa Pantaleón en una escena del filme. Foto: Argenis Mills

SANTO DOMINGO.- Este filme intenta sortear los obstáculos que han estado presente en el cine local: el argumento; y más que el argumento, las debilidades de una narrativa que no deja en el espectador espacio alguno para las emociones.

“La familia Reyna” transita por los lados del drama, dejando claro una intención que más tarde se convierte en un relato adecuado con la naturaleza de la historia y el perfil de sus personajes.

En el mismo, está Isaac es un joven trabajador  y exitoso con la agricultura en el Valle de Constanza; su madre, doña Sarah  junto a su esposo Abraham, marcan un cuadro familiar armónico, aunque violentado por las acciones de Ismael, el hijo irreverente que una vez partió del pueblo por conflictos internos.

Años más tarde, su llegada remueve las cicatrices que aún no están del todo sanadas, pues Abraham está enfermo y esto hace una carga mayor para Isaac.

Teniendo un  terreno favorable, Tito Rodríguez, un joven realizador curtido en la realización de cortometrajes y que ahora imprime su sello personal en su Ópera Prima, expresa muy bien sus convicciones con esta obra que se acerca a las bases fundamentales que el drama familiar ha tenido en el cine.

“La familia Reyna” es un cine que busca focalizarse en las actuaciones para desvelar un argumento con analogía a las lecciones bíblicas sobre la relación padre e hijo, cuestión moralista que poco conviene a su esquema argumental.

Con el guión del fenecido actor Carlos Quezada, Tito  se determina a sí mismo llevarlo por el buen camino para que el elenco tenga su responsabilidad orgánica que reflejar sobre lo que allí se ha construido.

En este aspecto las razones de David Maler, Danilo Reynoso, Cuquin Victoria y Adalgisa Pantaleón, es ser convincentes. Maler se forja un personaje que busca el perdón con la sintonía requerida, Reynoso no obstruye su posición y es potable en su caracterización, Victoria rompe con sus propios esquemas y logra un registro destacado y Pantaleón resume todo el dolor y esperanza de su familia a través de su rostro, privilegiada con unos primeros planos que subrayan este objetivo.

Mientras que Carasaf Sánchez es el equilibrio hacia la comicidad que requería el drama de esta familia junto a la suavidad de Evelyna Rodríguez.

La cámara de Francis Adamez logra contextualizar el verdor de Constanza con el gris del drama familiar, un contraste que coloca las piezas claves en la estética simbólica de la película.

Un filme que, a pesar de sus brotes moralistas, es un cine honesto, verdadero y buen cine criollo.
Félix Manuel Lora/CINEMA DOMINICANO