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Publicado 9 diciembre, 2017 Proveyéndo Felix Lora en ARTICULOS
 
 

“Colao”, con café y azúcar

Nashla como Laura y Manny como Antonio, son los protagonistas del enclave romántico donde el juego del café, como supuesto elemento mágico de aproximación entre los dos personajes. Foto: Caribbean Cinemas

SANTO DOMINGO.- La comedia dominicana, trabajada para el cine, continúa manifestándose desde distintos tonos, explicando así una manera muy particular de evolución, la cual todavía se apoya de figuras populares para tener atracción ante las audiencias.

Esto denota que todavía el cine que se realiza en el país y, más el género de comedia, se encuentra en una etapa folclórica, que necesita de esas figuras para tener un público garantizado que sostenga el andamiaje productivo de la industria local.

“Colao”, dentro de su estructura como comedia, hace una revisión de los distintos motivos narrativos que se han experimentado en el cinema local, que van desde el humorismo simple hasta el tono romántico, mezclando varios elementos del folclor nacional y reivindicando el personaje de modelo rural.

Las garantías que propone esta comedia, para su sostenimiento, es apostar por una historia simple y combinarla con un elenco que funcione en cada una de las etapas de su desarrollo narrativo.

De esta manera se introduce al personaje de Antonio, hombre de corte rural que vive en Jarabacoa, cuyas apetencias es irse a la capital, en plan de aventurero romántico, para tratar de enamorar a una mujer y que, a su vez, se convierta en su compañera sentimental.

Como agricultor del café, lleva consigo su apreciado producto como orgullo de su amada tierra, vínculo ancestral que trata de jugar con el motivo de enlace sentimental hacia el personaje de Laura, una joven ejecutiva.

Su llegada a la capital es apoyada por sus dos primos (Felipe y Rafael) quienes se dedican a ayudarle en el proceso de seducción, urdiendo un plan de apoyo logístico y económico para que todo sea a favor de Antonio.

El juego de propósitos construido por José Ramón Alama y José Pastor, ambos guionistas, es determinar un curso sin desvíos para asegurar que la audiencia vea la intención de esta historia en las primeras escenas del filme.

No obstante, se produce un pequeño desbalance en los términos estructurales de su narrativa, pues cuando el filme va en su curso de pura comedia, sostenida por Raymond Pozo y Miguel Céspedes quienes se constituyen en los narradores de la historia, sosteniendo un diálogo permanente con la audiencia, la comedia funciona a cabalidad, pero cuando se introduce en el terreno romántico su gracia se desacelera por la pasividad de los roles de Nashla Bogaert y Manny Pérez.

Nashla como Laura y Manny como Antonio, son los protagonistas del enclave romántico donde el juego del café, como supuesto elemento mágico de aproximación entre los dos personajes, no se explota a cabalidad, dejando a un lado grandes posibilidades de estudio semántico y significado de identidad criolla.

Aquí el terreno sentimental trata de cumplir con el objetivo de la fórmula de la comedia romántica que puede parecer agotada a base de repeticiones de viejos clichés, (con un villano de turno a través del personaje de Anthony Álvarez), por eso se apura en concretar el idilio y que todo se solucione de la mejor manera posible.

Mientras que Raymond (como Rafael) y Miguel (como Felipe), logran sostener la mirada del público hacia sus personajes sin que este efecto decaiga en ningún momento, dejando un espacio muy especial para el rol que desempeña Ana María Arias, la suegra impertinente, que funciona adecuadamente por las precisas líneas que vierte en momentos específicos del filme para provocar el resultado de la risa.

Frank Perozo hace un salto y sin red al manifestarse ahora en la función de director. Su buen desempeño deja como resultado que la comedia tenga un ritmo a la medida del trabajo de un elenco que se posiciona en cada parte de la historia.

Su buena factura técnica es la que le permite que el producto tenga una visual moderna, contemporánea, responsabilidad que recae en el trabajo fotográfico de Juan Carlos Gómez, la dirección artística de Lorelei Sainz y la edición de José Delio Ares quien logra imprimirle buen ritmo a la historia.

Su banda sonora refleja el valor comercial que sus productores quieren imprimirle al filme, rescatando viejos éxitos de la música popular dominicana como la bachata y el merengue, conjugado con el trabajo interpretativo de artistas emergentes.

En términos generales, “Colao” es un producto que cumple con su función comercial, aunque anclado a ciertos clichés publicitarios, trata de sintetizar todas las experiencias que dentro del cine de comedia se ha tenido hasta el momento en el país.
Félix Manuel Lora/CINEMA DOMINICANO