Hablar de "La maldición del padre Cardona" es tocar las raíces de un proceso que todavía estamos aprendiendo a dominar y que con la constancia intelectual y artesanal, es que vamos a comprender la importancia del rigor cinematográfico.
Lo primero que debemos tratar es de definir sus intenciones y hacia donde va dirigida la película. En ella se localizan tres temas que se enfocan en la comedia, el romance y el misterio. Estos, mezclados con algunas tradiciones culturales y de idiosincrasia, se someten a una disposición poco definida.
La línea argumental se desarrolla en el período de Semana Santa y todo empieza por la ingesta de unas habichuelas con dulce en mal estado, lo que provoca una serie de actos fisiológicos en plena celebración de la misa. Por esta razón, el padre Cardona maldice a todos los moradores del pueblo antes de morir calcinado por un rayo. Después de este hecho el Arzobispado envía al padre Jerónimo para resolver el misterio que circunda a esta comunidad, aunque posteriormente las tentaciones también lo envolverán.
Si se intenta seguir cuidadosamente los acontecimientos se observará que no se puede determinar una línea coherente con lo tratado. Tenemos la maldición como una supuesta realidad, la presencia del nuevo cura para solucionar la situación, la beata que representa el fanatismo religioso y los signos de un costumbrismo con tono escatológico que no otorga más credibilidad que la que encontramos en las habichuelas.
Un elenco conformado por Zoe Saldaña, Anthony Álvarez, Freddy Beras Goico, Verónica López, Carlotta Carretero, Milagros Germán, Richard Douglas, Raymond Pozo, Flor de Betania Abreu, Lidia Ariza, Sergio Carlo, Frank Perozo, entre otros, toma partido dentro de este producto sin lograr puntualizar los rigores del oficio, mostrándose como tales y determina solamente las líneas de un guión que los llevaba por un camino angosto.
Zoe muestra su candidez como pueblerina adecuadamente, pero sin esforzase más allá del patrón del personaje; Frank Perozo resuelve sin aspavientos innecesarios su rol, Anthony Álvarez reduce su intento a unos cuantos movimientos, Freddy Beras Goico, cuyo tipo estructural de su personaje ya lo había precisado en otras ocasiones, se somete a un ritmo que no le permitió convencer aún más en su caracterización, y Verónica López atiende las manías de la beata entre la exageración y la cordura. Quizás la presencia de Richard Douglas, cuyo personaje de sacerdote representa el lado radical de la Iglesia, es el antagónico mejor definido en toda esta situación.
Las situaciones caen como un "collage" anecdótico y no como un patrón estructural que ayude a salvar los momentos precisos de la trama. Quizás los cortes necesarios en la sala de edición no mantuvieron los puntos lógicos de lo escrito y lo realizado en el contexto fílmico.
Aunque todo esto es fotografiado por el ojo de Peyi Guzmán quien, esta vez, ha logrado la mejor puesta visual hecha en el cine dominicano.
En su parte musical el trabajo no responde a la adecuación sobre el tema y la musicalización se deja como un parcho sin remedio. Existe buena música, pero mal puntualizada con relación a las escenas donde fue colocada. Sólo el tema de amor del filme compuesto e interpretado por Jandy Feliz resurge como una exquisita melodia.
De todas maneras reconocemos que Félix Germán pasó una prueba sustancial en su vida profesional y por eso respetamos esa determinación que pocos han asumido con ese control estricto. Por cineastas como él vamos progresando, aunque los perros sigan ladrando.
FÉLIX MANUEL LORA
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