La trayectoria que estamos tomando dentro del cine dominicano es un camino tortuoso, con inconvenientes de formalidad creativa y de empeño en hacer cada vez más productos que obtengan el favor del público por su correcto uso del lenguaje.
Reconocemos la labor tesonera del investigador, periodista y cineasta dominicano Julio Samuel Sierra, conocido como Jimmy Sierra. Este trabajador de más de treinta años en el quehacer audiovisual ha aportado una gran cantidad de trabajos que ya son parte de la historia de la televisión y el cine en República Dominicana.
Recordamos que Sierra fue uno de los primeros cineastas dominicanos en producir series para la televisión como aquellas tituladas “El hombre que atrapaba fantasmas”, “Catalino el dichoso” y “En la boca de los tiburones”, trabajos que remiten a un claro perfil de búsqueda profesional.
Antes de debutar en la pantalla grande con “Lilis”, un largometraje de ficción, Jimmy había exhibido sus cortos “Siete días con el pueblo” y “Viacrucis”, presentados en los años 80 en los cines, creando un hito dentro del cine en el país.
Ahora intenta buscar nuevas salidas al plantear un thriller policíaco bajo el nombre de “El caballero de la medianoche”, una historia sobre un violador y asesino de mujeres que al escoger a sus eventuales víctimas utiliza técnicas sutiles para seducirlas.
Lo que intentamos descifrar de todo esto es qué exactamente es esta película. Por más análisis no encontramos respuestas certeras a todo este mal manejo y uso inadecuado del lenguaje cinematográfico; que al mismo tiempo carece del mismo y, más bien, parece un mal hilvanado boceto televisivo.
No entraremos en los detalles de actuación porque el nivel no amerita un análisis profundo porque no nos serviría de nada. Lo que nos preocupa es que este filme no posee el más mínimo rigor de construcción narrativa que indique lógica en su sintaxis.
Este filme es sobre un asesino en serie, y desde los créditos se esboza el ritual de este asesino cuando empieza a vestirse para sus andanzas macabras, con una puesta en escena totalmente de teatro carente de recursos. Esto marca todo el tono desfasado y poco imaginativo que presenta a unos personajes sin control y improvisando diálogos sin sentido.
Una fotografía con poco elemento dinámico que no le permite crear un tono de atmósfera para subrayar la característica de la trama, sucumbe ante una falta de continuidad en las escenas que dejan al espectador totalmente confundido.
Este producto lo podemos considerar no como un paso en la trayectoria del cine dominicano sino una lección de nuestras improvisaciones y falta de rigor que estamos experimentando con la peligrosidad de estancar el desarrollo de nuestro cine nacional.
FÉLIX MANUEL LORA |