“Al fin y al cabo” es la cuarta película de Alfonso Rodríguez que continúa en la zona de la comedia para tratar de incentivar al público dominicano a seguir consumiendo películas criollas.
Su aporte, más que integrarse a un proceso de desarrollo positivo dentro lo que se está aportando a la cinematografía dominicana, está avalado por la comercialización pura y simple y no justifica nada de su argumentación para determinar un producto de calidad.
Las figuras de Raymond Pozo y Miguel Céspedes, curtidas en los avatares de la televisión criolla, son los puntos de apoyo para que esta comedia pueda alcanzar los niveles de aceptación y sea digerida sin complicaciones por el público dominicano.
No somos contrarios a que se utilicen los recursos artísticos provenientes de la televisión para ofrecer un producto cinematográfico que cuente con la gracia de los espectadores. Esa fórmula ya ha sido harta utilizada por todos los países. Recordemos que hasta el propio Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) hizo una hazaña cinematográfica con todos sus personajes creados en la televisión, aunque su resultado no fuera del todo aceptado.
Lo que vemos de este proceso del Cine Dominicano es que no se tome en cuenta los mecanismos internos para crear una buena comedia cinematográfica que reduzca los fallos argumentales y, al menos, tenga coherencia de sintaxis fílmica.
La propuesta de Alfonso Rodríguez apoyado en la escritura del guión por Félix Peña y las aportaciones de Raymond Pozo y Miguel Céspedes, reduce su historia a un indescifrable argumento que no se sostiene por todas las incoherencias existentes en su desarrollo.
Iniciar el filme con el final de “Playball”, como una manera de continuación argumental, no define para nada el contexto puesto que son dos historias adyacentes sin conexión y cuyos personajes no advierten consecuencias de una sobre la otra.
Después de esto, el planteamiento se hace un tanto forzado para introducir los personajes del Cabo (Pozo) y El Joe (Céspedes). Dos situaciones, en aparente estado de comicidad, sirven de presentación para que ambos den la cara.
Por las habilidades de ambos personajes en sus respectivos campos, son contratados por un agente del FBI para capturar a un jefe de la mafia del narcotráfico internacional de nombre ‘El Duque’. Ellos, en una misión encubierta en los Estados Unidos, trabajan con dos agentes más interpretados por Gabriel Porras e Ivonne Montero.
El ingrediente adicional es que los secuaces del tal ‘El Duque’ son unos vampiros que se nutren de la inocente sangre de los mortales (nos recuerda cuando El Santo se enfrentaba a iguales criaturas nocturnas), los cuales aportan la atmósfera de misterio y horror a este filme.
Posiblemente las aportaciones positivas que tiene esta cinta es el de ofrecer una plataforma para que Miguel y Raymond puedan demostrar sus valentías dentro de un largometraje de ficción para el cine, siendo Raymond el más favorecido. Basta recordar la secuencia de la mansión donde, vestido de mujer, va inutilizando a los secuaces de unos de los capos.
Si la inclusión de los vampiros era para hacer alardes de efectos de maquillaje y de algunos trucos visuales, a parte de las implicaciones metafóricas que puedan tener, podían ahorrárselo. El Cine Dominicano no necesita apoyar su progreso en “extraordinarios efectos especiales” sino en hacer historias coherentes y con un sentido de los aportes beneficiosos que se puede hacer dentro de nuestro incipiente cine criollo.
Quizás el problema no sea los actores sino la justificación para su argumento. Reconozco que Raymond y Céspedes destilan sus mejores repertorios histriónicos para establecer sus respectivos sellos como actores de comedia.
La fotografía de Eduardo Fierro trata de establecer los parámetros entre la comedia y el terror, una combinación difícil de distribuir en cuanto a la atmósfera y estilo, aunque mantiene cierta coherencia. La música de Gustavo Rodríguez coloca los niveles de comedia y misterio en planos diferentes sin modificar poco en su contexto. Y la mezcla de sonido de Franklin Hernández provoca ciertas garantías para que el conjunto sonoro sea percibido con equidad.
Repito en un comentario que hice, -no crítica como algunos interpretaron-, No deseo interferir en el gusto del público que de seguro sabrá valorar lo que verá en esta película y también sabrá criticar los aspectos que no cumplen con sus expectativas.
FÉLIX MANUEL LORA
CINEMADOMINICANO
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